sábado, 4 de agosto de 2012

La increible historia de Hipólito "El hombre pájaro". II



Lector, antes de seguir leyendo, no empieces la casa por el tejado, te remito a la introducción de la historia para que la sigas desde el principio y sigas el orden correcto. Gracias. 

       Aun con las legañas y con el desayuno a medio comer, escuché la ronca voz de mi abuelo llamándome desde el patio.
- ¿Has desayunao ya?.
- Casi. Contesté ametrallando la mesa con las migajas del bizcocho que estaba devorando.
      Entró a la cocina y se dejó caer sobre la otra silla, se enjugó el sudor de la frente con el pañuelo de siempre y me clavó sus oscuros ojos.
- Tienes que subir la cesta a la casa del llano.
Apuré los últimos sorbos de leche de la taza y en mis labios no asomó palabra alguna, me acababa de fastidiar la mañana el tío raro que vivía allí arriba. Pero, fastidiado o no, decidí no empezar el día discutiendo por ese motivo.
Recogí los restos de migajas y limpié con sumo cuidado el sitio en el que había estado sentado, después fui derechito hacia la cesta que me había señalado.
- ¿Qué es?. Pregunté al tiempo que mis manos no esperando la respuesta desenvolvían el trapo que ocultaba el contenido.
- Una docena de huevos, se los prometí el otro día, sube ahora por qué hoy va a apretar bien la calor.
Volví a cubrir el cestillo y de esa manera me vi atrapado en un nuevo trabajito, bueno... Serían las nueve y media o así, y no había quedado con los chavales hasta las once.
Por el camino de la ermita tardaría menos, le llevaría los huevos al "Caraescocio"  y punto final. Ya le había subido otros tantos encargos, pero aquel hombre con sus silencios, con su ensoñadora presencia. Simplemente me ponía nervioso y me sacaba de quicio.

     Paré la cuenta cuando llevaba contados cuatrocientos setenta y seis pasos. Aquel día no me cruce con nadie al salir del pueblo, y la suave brisa del norte no bastaba para apaciguar el calor que por momentos iba en aumento.
Abandoné la estrecha carretera para coger el caminito de grava que iba a parar a la solitaria casa.
Un par de cabras me recibieron llegando al porche, subí de un salto los escalones y golpeé la puerta dos veces.
Silencio absoluto, nadie contestó mi llamada.
Insistí pues quería quitarme cuanto antes de en medio, pero de nuevo la nada, solamente las gallinas del cobertizo cercano y las cabras guardianas parecían enterarse de mi presencia allí.
Hubiera dejado la puñetera cesta allí mismo, junto a la puerta, pero el temor al castigo me hizo pensarlo dos veces.
Aproximé el puño a la madera y apuntaba a mi diana cuando se escuchó desde dentro descorrer una cadena, otro pestillo y otro más.
- Buenos días chico.
Madre, el "Caraescocio" estaba peor que nunca. Los ojos se le perdían en una cara estrecha y palidísima que apuntaba los perfiles cincelados por el hambre y el cansancio.
- Buenos días, traigo esto para usted.
- Gracias, pasa y déjalo sobre la mesa del comedor.
Me mordí el labio, y una nube de disgusto cruzó por delante de mis ojos. Pero obedecí, entré, despacio y sin ganas seguí al extranjero hacia el salón.
Un día más, mientras el observaba lo profundo del valle desde la ventana del fondo dándome la espalda mientras yo vaciaba el contenido del cestillo sobre la mesa.
         En aquel instante fui consciente de que algo no marchaba bien, una angustia crecía en mi interior, ahora no sabía decir si todo aquello era real o producto de un mal sueño.
Pero sentía el olor de la casa, el calor de la calle, la tristeza de aquel hombre...
       Se giró hacia mi, sus profundos ojos se sostenían con equilibrio sobre las marcadas ojeras. El cabello grasiento se formaba tras las profundas entradas y se lo peinaba hacia atrás. Sus inquietas y delgadas manos atusaban una y otra vez el ridículo bigotillo que parecía más bien una hilera de hormigas que se dirigiesen hacia su pequeña nariz.
- Ya esta señor, ya he acabado, me marcho. Suspiré con alivio.
El pareció volver de algún lugar lejano, y fijó su mirada en mi, consiguiendo ponerme más nervioso.
- Espera un instante, no tengo muchas visitas, y aunque no me gusta hablar mucho me agradaría que me hicieses compañía un rato.
- Pero yo ... Balbuceé inquieto.
- No muerdo chico, al menos de momento. Siéntate. 
Más que una invitación me sonó a orden, y asustado como estaba obedecí nuevamente, eché un vistazo hacia la puerta de la casa que aun seguía abierta.
Me acerque nuevamente a la larga mesa y tomé asiento en una de las sillas forradas de terciopelo rojo, el extranjero acercó una jarra y llenó un vaso de agua para después acercarlo hacia mi.
- Gracias. Cogí el vaso pero dude en beber, pese a tener la garganta seca.
- Necesito sincerarme con alguien, y te he elegido a ti, se que no te caigo muy bien, pero estoy desesperado y me quedan pocas horas de vida. 
- Señor, no entiendo...
- Escucha muchacho, soy esclavo de la enfermedad y mi vida se apaga. Este será el último día que mis ojos vean, hoy ha sido el último amanecer que he podido contemplar. Mañana Hipólito, ese es mi nombre, dejará de existir.
Tragué el vaso de agua de golpe y miré asustado aquellos ojos tristes y apagados.
- Solo tengo doce años, ¿Qué quiere que haga?. 
El extranjero sonrió fugazmente, pareció divertido ante mi observación.
- Eres joven, pero pareces despierto, y lo más importante pareces tener más inteligencia que la mayoría de tus paisanos. Solo quiero que escuches mi historia, después te iras por donde has venido, solo te pido que te quedes hasta la hora del almuerzo.