lunes, 6 de agosto de 2012

La increible historia de Hipólito "El hombre pájaro" III



A continuación aquel extraño hombre comenzó a hablar, al principio titubeante e inseguro, después se fue desatando ya que aquello suponía una liberación para su alma.
Seguí con interés el monólogo, en un primer momento obligado por la situación, después cautivado por el relato me sumergí en los acontecimientos que mi anfitrión me iba detallando.
Hubo algunas cosas que se me perdían, pues no entendía bien, pero cada una de las palabras quedaron archivadas en mi mente, hasta el día de hoy.
Este fue el testimonio del extranjero:

         Soy Checo y nací en la bella Praga, allí he vivido hasta que hace unos meses la mala suerte se cebó en mi persona y en el ser que más quería.
Mi madre era española, por lo que no tengo problema con tu idioma, y aunque en el pasado me propuse visitar esta, mi segunda patria, no ha sido hasta ahora cuando a causa de mi persecución me he visto obligado por las circunstancias.
Sí me preguntases, si he sido feliz, te diría sin dudarlo y con una sonrisa que sí. He mantenido una posición privilegiada, acrecentado la fortuna que heredé de mis padres, los negocios me marchaban bastante bien y luego la tenía a ella.
Los cimientos de mi dicha no se sustentaban en el dinero, si no en algo más hermoso como el amor.
Elisa, la más preciosa criatura que mis ojos pudieron ver.

        Quedé prendado desde el primer momento en que un amigo común nos presentó en uno de los bailes de primavera que se celebraban en la ciudad. Después de varios encuentros, buscados intencionadamente por mí, conseguí una primera cita con la inteligente y adorable muchacha.
         ¡Ah, que doloroso es recordar todo esto, pero es necesario, y quiero aliviar esta tensión que aprieta aquí dentro!.
      Contra más la fui conociendo más la fui queriendo, y más enredado quedaba en las tupidas redes de Cupido.
Era esbelta y de movimientos suaves, su piel blanca, sus largos y ondulosos cabellos oscuros como noche cerrada, cuando sonreía y mostraba sus pequeños dientes sentía morirme un poco y anhelaba retenerla a mi lado, deseoso de que aquellas citas por las concurridas calles de Praga no acabasen nunca.
Sus padres tenían un negocio de antigüedades en la parte vieja, a ella le entusiasmaba todo aquel mundo y evocaba ensoñadores discursos sobre antiguos reinos e imperios olvidados.
Me encantaba escuchar su armoniosa voz, que era la de un ángel, transmitía la bondad de su corazón que era infinita.
            Las semanas pasaron y casi había llegado la navidad cuando un día que cruzábamos el puente de Carlos sobre el Moldava, brotó de mis labios lo que mi sentir guardaba desde hacia tiempo y la sonrisa que iluminó la cara de mi amada fue un tronar de campanas para mi gozo, fue como si toda las iglesias de la capital festejaran aquel instante de felicidad.
- Sí, claro que me casaré contigo amor mio.
Aquel beso fue un rayo, un placer intenso que quemaba y curaba al mismo tiempo, era el hombre más feliz del mundo pues tenía todo lo que deseaba.
              Al despedirme de ella anduve por las calles de la ciudad dorada, callejeando sin sentido, ebrio como iba y con el pecho y la mente a toda máquina. Los edificios, las torres, las iglesias flotaban a mi alrededor como en una nube y la nieve que se amontonaba por todas partes no impedía mi dichoso caminar. Así estuve hasta la puesta de sol, sumido en mis dulces pensamientos y loco por volver a tenerla entre mis brazos al día siguiente.


Despaché sobre las cinco de la tarde a unos comerciantes genoveses que traían seda de oriente. Mi cabeza estaba en otro sitio, de manera que les despedí y les dejé en manos de mi segundo, el señor Dvorak.
Equipado para la fría tarde me encasqueté mi sombrero y los guantes, tiré del abrigo y en apenas cuarto de hora estaba acomodado en un café discreto próximo a la antigua iglesia de Tyn.
Elisa apareció puntual, se sentó a mi lado y no paró de hablar desde que se sentó a mi lado, parloteaba emocionada sobre una daga turca de gran valor, antiquísima, que un noble de aquel país había llevado a la tienda la noche pasada antes del cierre.
Yo la miraba, y sonreía, era feliz viéndola tan motivada por la aparición del objeto, estuvo hablando durante cerca de una hora hasta que logré que cambiase de tema y estuvimos planeando las cercanas navidades, y en un momento dado me expuso su deseo de que conociese a sus padres que ya sabían sobre lo nuestro.
Miro inquieta a los lados, y preocupada me preguntó por la hora, y viendo que quedaba poco para las siete explicó nerviosa que tenía que marchar, pues el misterioso dueño de la daga había quedado para recibir un precio por el objeto, y su padre necesitaba que le echase una mano en la tasación.
Me ofrecí a acompañarla pero ella se negó diciendo que solo eran unas calles y que no quería entretenerme, que yo ya había trabajado bastante por hoy.
              Ahora que ha pasado el tiempo, mil veces pienso en aquel beso de despedida, parco y silencioso. En ese instante todo un mundo y con ello bastaba para llenar mi alma.
En estos días lo busco, huérfano de emociones buenas, hundido en la oscuridad y desesperado, y me queda tan lejano.


Al día siguiente la ciudad amaneció enterrada en nieve, a mí me daba igual pues seguía presa del amor y atendía a lo mundano con suma displicencia y actuaba como un autómata. Algo debió notar el señor Dvorak pues ultimó el mismo el asunto con los italianos y solamente entró al despacho para soltar un triunfal.
- ¡Lo tenemos!.
Desde los amplios ventanales, entonces mi pasotismo sobre el resto del mundo cambió, comprobé que la nieve seguía levantando barricadas a lo largo y ancho de las calles aledañas.
Me imaginaba que Elisa hoy no acudiría a la cita, estando Praga intransitable, pero cuando salí de la oficina a eso de las cinco mis pasos me llevaron nuevamente al café.
Allí permanecí por espacio de dos horas, y al final me di por vencido, aquella tarde no iba a verla.

Amaneció un nuevo día con cortinajes grises y el manto blanco más denso sobre la capital de Bohemia, apenas probé bocado en el desayuno y salí disparado hacia la oficina. Moverse por la calle era una aventura y eramos pocos los que se atrevían a hundirse en el frío abrazo de la nieve.
Me encerré en el despacho anhelando la presencia de Elisa, y soñando con nuestro siguiente encuentro, me invadía la melancolía y no conseguía quitármela de encima.
El reloj de la pared anunciaba casi las doce cuando la puerta se abrió y por ella asomó el singular rostro de mi fiel Dvorak.
- Señor ... Aquí hay alguien que quiere verle.
- Vaya, estaba a punto de salir a almorzar, ¿de que se trata?. Si no es nada importante dile que vuelva a las dos.
- Dice que es un anticuario, el señor Svoboda.
El apellido sonó como una bofetada en la mejilla, me puse algo tenso, aquel hombre que estaba tras la puerta era el padre de mi querida niña, ¿y sí viniese a reprocharme algo?.
- Hazle pasar.
Me sudaban las manos, y notaba como los nervios se apoderaban de mi ser.
Pero todo se vino abajo, aquellas imaginaciones sobre un padre castigador se difuminaron al ver entrar a la estancia a aquel hombre de porte serio, de pelo canoso que vestía abrigo y traje negro.
La cara del señor Svoboda no transmitía ira, más bien emoción contenida y tristeza. Algo en mi se removió y enraizó un miedo atroz que se desbocaba, necesitaba saber y rápido.
- Encantado de conocerle señor. Dijo el hombre tendiéndome su gélida mano.
- Por favor, igualmente, le ruego que se siente.
- He venido hasta aquí, por qué me lo pidió mi pequeña, también pienso que usted debe saber lo ocurrido antes de que se entere por terceros.
- ¡Dios mio!, ¡hable, hable me está usted asustando!.
Svoboda bajó la vista, el hombre no pudo contenerse y rompió a llorar desconsoladamente. Me levanté de un salto y le agarré de los hombros.
- Ha muerto, mi pequeña ha muerto.
        Aun atruenan las palabras del buen hombre en mi sentir, cada una de ellas es una espina clavada en mi corazón, que me desangran y nublan el entendimiento. Una noticia que me embargó en la locura y los sucesos desde entonces se han ido alejando cada vez más de la realidad, y los límites con la fantasía y lo onírico han quedado borrados para siempre.