jueves, 9 de agosto de 2012

La increible historia de Hipólito "el hombre pájaro" IV



La felicidad resbaló como arena entre los dedos, un gran pesar lo inundó todo, recuerdo a retazos, jirones de mi alma, el resto de aquel aciago día de diciembre.
Al señor Svoboda se lo tuvieron que llevar unos parientes suyos que habían venido acompañándole, oía a mis empleados infundiéndome ánimos y trayendo humeantes infusiones.
No se en que momento mi tristeza y mi confusión dieron paso a las ganas de conocer como se había marchado mi preciosa Elisa.
El bueno de Dvorak me señaló que en mi estado era mejor que me recuperase y que aquello carecía de importancia en ese momento. Y como un buen padre me impuso llevarme a casa y hasta que se cercioró que me metía en la cama no me dejó a solas.
No pegué ojo, fantasmales visiones me sobresaltaban, una y otra vez la veía amortajada, en cierto momento del sueño se incorporaba y me señalaba.

     El día del último adiós los cielos se aclararon y dejó de nevar, un tímido sol nos acompañó durante la ceremonia en el cementerio.
Todo era tan extraño, no terminaba de asumir todo aquello y me movía entre aquellas gentes dejándome llevar por el grupo.
Por suerte aquel suplicio se extendió poco, las palabras del cura eran solemnes pero no describían a mi pobre Elisa.
Me mantuve detrás del primer grupo, que imaginé como familiares allegados. 
La situación se hizo más dura cuando bajaron la caja, con gusto me hubiera arrojado con ella, las piernas me temblaban y me sentía desfallecer.
Un llanto de mujer rompió aquel maldito silencio, el señor Svoboda trataba de consolar a su mujer, aquello era una locura, no aguanté más, la rosa que llevaba cogida descansó sobre el suelo nevado e intenté escapar de allí.

- Toda Praga habla de este desdichado suceso - Me giré hacia el joven que había pronunciado aquellas palabras -. ¿El señor Hipólito Rhamel?.
- Sí, ¿Y usted...?.
- Perdone mis modales - estiró su mano enguantada y me estrechó la mano  - . Joseph Novak, inspector de policía.
- Encantado.
- Conozco la relación que mantenía con la muchacha y quería hacerle unas preguntas, simple rutina. El policía mostró una sonrisa mil veces ensayada y mil veces intranquilizadora.
- Intentaré responder, aunque como comprenderá ...
- Muy bien, caminemos hacia la salida, hoy el día ha dado una tregua en cuanto a la nieve, pero sigue haciendo mucho frío. 
- Vamos pues.
- ¿Dígame, ¿cuando fue la última vez que se vio con Elisa Svoboda?.
- La tarde del lunes, en el café del sol.
- Buen sitio ese - apostilló el inspector mientras comenzaba a garabatear en su libreta -. ¿Le comentó algo extraño sobre la tienda?. 
Mi cabeza se aturullaba más, y se angustiaba por las preguntas del policía. 
La policía, la policía me repetía. ¿Acaso ella ...?.
- Antes de continuar le ruego que me diga en que circunstancias murió.
El joven se paró en seco y fijó sus grandes ojos claros en mí, se subió el cuello del abrigo y suspiró.
- Realmente ... ¿no sabe nada, no se ha enterado de todo lo que ha ocurrido?.
- Solo se que esta muerta y que nunca más podré estar con ella.
- ¿No ha leído los periódicos?. Bueno ya veo que no, se me hace duro, pensaba que usted era conocedor de todos los detalles.
- Le ruego, le pido que me los aclare.
- Esta bien, la señorita Svoboda no murió de causa natural, eso ya lo ha deducido usted, sí no mi presencia aquí sería innecesaria.
- Por favor...
- La noche del lunes alguien la atacó en la tienda de antigüedades, aprovechando que el padre había subido un momento al piso de arriba.
- ¡Dios mio!. No puedo ser, a cada paso este dolor se hace más grande. Que locura es esta. Me comentó que iba a ayudar en una tasación, habían quedado con un cliente, un hombre que quería vender una daga. Era Turco, creo...
- Así es, le estamos buscando, se llama Iosef Pamuk - Aquel nombre quedó grabado a fuego en mi memoria. A un paso de la puerta donde esperaban los negros coches de caballos el hombre me detuvo y bajó el tono de voz -. Quizás no hace falta que le advierta, pero se lo diré, ese hombre es peligroso, no quiero ni que se le ocurra por un instante tomarse la justicia por su cuenta. Se trata de un depravado, un loco, la atacó sin misericordia, la destrozó la garganta.
- No, no es posible.
- Siento ser así de crudo, quiero que sepa a que tipo de persona nos enfrentamos, le haremos pagar lo que ha hecho, pero usted manténgase al margen, no me gustaría que le ocurriese algo.
La tristeza era empujada por la cólera, las palabras del inspector que lejos de amedrentarme, alimentaban la llama de la ira y de su hija la venganza.
Sus palabras rebotaron entre las tumbas, entre los cipreses, y fueron más allá de los panteones. En mi interior se había desatado una terrible tormenta que me movería a la búsqueda que dura hasta hoy.

     Podía haberme dado por beber, e intentar apagar aquella llama con el alcohol, la verdad es que lo intenté pero mi cuerpo no lo toleró y se deshizo rápido de la ginebra.
Después entré en un estado febril, me encontraba muy débil, apenas pude arrastrarme después de vomitar hasta la cama.
Nuevamente quedé enredado en aquella pesadilla, Ella venía silenciosa hasta la ventana de mi cuarto, yo la abría y la dejaba entrar. Su fino camisón flotaba con la suave brisa y se acercaba más hacia donde yo estaba, la abrazaba y la atraía. Pero algo había cambiado...
La bondad de sus ojos había desaparecido, la sonrisa, sus dientes eran más grandes.
Me levanté de un salto, empapado en sudor, de nuevo las nauseas se apoderaban de lo que quedaba en mis tripas.
Según el reloj, eran las dos y media de la madrugada.
Sentí el frío, y noté que las cortinas giraban y se contoneaban al fondo, la ventana se quejaba sobre sus bisagras, estaba abierta y la habitación quedaba iluminada por la luna.
- ¿Como me había podido dejar la ventana abierta?.

     Quedaba una semana para navidad, había decidido que era el momento de pasarme por la oficina y refugiarme en el trabajo para tratar de atenuar su recuerdo.
Los empleados me saludaron afectuosamente y se preocuparon por mi salud, Dvorak en particular me hizo notar que el traje que vestía me quedaba una talla más grande.
- Esas ojeras, todavía no esta bien, vuelva a casa o visite a algún pariente.
- Pensé en hacer algo útil, en mantener la cabeza ocupada...
- Hágalo, pero fuera del trabajo, vuelva cuando esté plenamente recuperado. No se preocupe por nada, las cosas aquí marchan bien, le mandaré algunos informes.
Me devolvió el sombrero, me ayudó a ponerme el abrigo y con una sonrisa me hizo volver sobre mis pasos.
En ocasiones Dvorak se parecía bastante a mi madre.