martes, 22 de enero de 2013

El mensaje.




Desconozco por completo cual va a ser el resultado, lo único que pretendo 
es escupir palabras sin más, con el propósito de emborronar con pies de tinta
la mortecina pantalla del Pc, tablet o móvil que tengas en la mano.
Por supuesto que llegado a este punto puedes pinchar y cerrar la ventana sin más,
con desdén incluso, no es más cierto que yo ni siquiera me daré cuenta de ello, y
ya sabes eso que dicen: Ojos que no ven ...
Por otro lado sí optas por quedarte lo único que tengo para ofrecer es una de mis humildes historias, mal
construidas pero eso sí aderezadas con alguna que otra imprecisión, incoherencia y sus consiguientes
faltas de ortografía. Y es que las correcciones gramaticales, caligrafías y libros de ejercicios sobre
la ingeniería lingüística no terminaron de germinar en mi imaginativa mollera y a estas alturas cuesta reconducirse por la buena senda.

Lector, avisado quedas.

*****

El mensaje



El frío aire se colaba terco golpeando los cristales de los andenes, zarandeando sin piedad los carteles luminosos que anunciaban el próximo tren. Me apretuje contra la fría chapa de una de las columnas intentando esquivar aquella gélida ventisca, mis torpes manos enguantadas buscaron el teléfono que había vibrado tímidamente en algún lugar de los amplios bolsillos del abrigo.
Dejé de intentarlo pues mis dedazos no lograban sacarlo a la superficie, dentro de un momento...
3 minutos anunciaba el neón rojo, próximo tren destino...
Otro empujón y parecía que la estación entera se venía abajo, miré a mi alrededor, allí no había un alma. Eran las diez y pico, entre semana, invierno en una estación de segunda. ¿Quién iba a haber allí?.
Solamente mi dolor de espalda, los trasiegos del trabajo transportados en mi bolsa de mano y unas ganas locas por llegar a casa y tomar un respiro para seguir con la rueda de la vida al día siguiente.
Tiré de la cremallera que se quejo pillada de improviso, el cuello no daba más de sí.
Joder, ahora con la capucha puesta parecería un jodido esquimal, seguramente que con una mueca más torcida y fea, con perdón del pueblo inuit pero el cansancio y el viento me estaban trastornando. Miraba al cartel como sí haciéndolo le alentara a ir más deprisa, como si con mi pensamiento el reloj aumentara su paso, pero tristemente mi cabezota no ejercía efecto ninguno.
Exhalé el aire de mis pulmones emitiendo una bocanada que se perdió en la oscuridad de la noche.
2 minutos todavía, la madre ...
Las farolas de la estación se mecieron como si fueran de goma, por un momento temí que se apagaran bajo el cruel bamboleó que consiguió unos segundos de terrorífico apagón.
A mi derecha se abrió la puerta que comunicaba con el vestíbulo y las escaleras mecánicas, me tenía que haber quedado allí donde seguramente estaría más resguardado.
Un tipo vestido completamente de negro salió del interior de la estación y permaneció quieto observando el anden a su izquierda, después se giró hacia donde yo me encontraba y comenzó a andar hacía mi encuentro.
Mi compañero de estación iba todavía más abrigado que yo y no soy capaz de verle el rostro con claridad, cuando está a unos cinco metros se para de una manera extraña..
Pensé que el tipo iba bebido por sus andares erráticos y la estrambótica forma de detenerse y mirar hacia las vías.
1 minuto, por fin...
Un chasquido, un chisporroteo y la luz roja del cartelón que parpadea y muta en extraños signos.
Por unos segundos las luces de la estación se quedan solamente en las de emergencia que hay sobre las puertas, y la noche se adueña del lugar.
Unos focos potentes cada vez más cercanos, el tren afortunadamente está llegando.
Ha vuelto la luz, abandono la columna y avanzo por el andén bañado en los resplandores salvadores.
No se por qué he mirado para el otro lado... El tipo de negro no está, intrigado miró a mi espalda y tampoco hay nadie.
Me estremezco y se que esta vez no es por el frío.
El suelo retumba bajo la entrada de los vagones rojos, poco a poco va aminorando y yo fijo mi objetivo en la puerta más cercana.
Uff, dentro.
Alivio y una sensación de agradable calor, tomo asiento y pego la frente al cristal.
Allí está el borracho, las puertas se cierran y emiten su soniquete habitual, nos ponemos en marcha.
Joder el tipo da un poco de miedo, sigo sin verle la cara, vaya que coincidencia... Bueno, al menos tiene buen gusto.
Ahora diría que se me ha quedado mirando, sí y me hace gestos algo desesperado ha sacado algo del bolsillo y lo levanta.
¿Es un móvil lo que sostiene?.
La gente esta cada vez peor, esta crisis acabará por volvernos a todos locos.
Me da igual, me descubro la cabeza, los guantes van fuera rápido y desabrocho con ligereza el abrigo.
Froto los dedos amoratados contra el pantalón casi haciéndome daño.
Vaya, no me había percatado de que en el vagón estoy yo solo.
Me levanto del asiento y busco con la mirada alguno de esos periódicos gratuitos que la gente deja para que otro los lea y siga la cadena.
No tengo suerte aquí hay uno de ayer, 21 de enero.
Los mismos corruptos, la economía, políticos, guerra y las miserias de siempre desgranadas en pequeñas dosis para degustación del ciudadano de la calle.
Lo doblo cansado, me pican los ojos y la maldita espalda vuelve a quejarse.
Una partidita para entretener el trayecto, sí será lo mejor, busco el teléfono y este aparece entre una carta arrugada del trabajo y el billete del tren.
Ahora veo el aviso de antes, un mensaje sin leer.
Abro y en la pantalla aparece el siguiente mensaje.

INTENTE AVISARTE EN
EL ANDÉN.
ESE TREN TE LLEVA
A LA MUERTE.

No le veo la gracia por ningún lado, busco el contacto, teléfono desconocido.
La próxima estación queda cerca, eso me tranquiliza, guardo enfadado el aparato e intento concentrarme en las tenues luces que parpadean atrás según vamos avanzando en la noche.
¿Quién era el de la estación?, me conoce y tiene mi teléfono, la ostia...
¿Y por qué iba exactamente igual vestido que yo?.
Me mordí el labio hasta hacerme daño, y el dolor me sacó de mi desasosiego, miré el reloj.
Ya teníamos que haber llegado a la parada, forcé la vista buscando la respuesta en los muros pintados y ennegrecidos de la ciudad, en el tráfico y en los semáforos, en las alambradas y en los puentes pero nada. Aquel conjunto de rutinas no me situaba ni me lograba quitar esa semilla que el mensaje había puesto en mi interior.


                                                                
                                                              ....
                                                             Continuará ...