miércoles, 7 de agosto de 2013

El Empecinado toma Caspueñas.





Con la pluma y el sable.

Caspueñas y Brihuega

Salieron Aviraneta y los dos lanceros de Madrid, y, poniendo sus caballos al trote corto, se dirigieron, por la carretera de Alcalá, hacia las ventas del Espíritu Santo. Pasaron las ventas y avanzaron hacia Canillejas. Había dejado de llover un poco; el cielo seguía negruzco y amoratado; los campos, llenos de agua; un viento furioso retorcía los pocos arbolillos raquíticos del camino.

A veces, el avanzar constituía una verdadera lucha. A otro que no hubiera sido Aviraneta le hubiera dado una impresión melancólica aquellas llanuras tristes, monótonas, debajo del cielo tormentoso, morado y negruzco, con resplandores de cobre. Sólo algunos rebaños de ovejas blancas y negras, seguidos de los pastores, cubiertos de largas capas, se veían recorrer los campos. 

Un poco antes de pasar por el puente de San Fernando arreció tanto la lluvia, que Aviraneta y sus acompañantes, desviándose del camino, se acercaron a una casa terrera para cobijarse en ella. Había dentro un nombre, un pastor, con quien Aviraneta entró en conversación. No sabía quienes eran los realistas, ni los constitucionales, ni si estaban lejos o cerca.

Cuando amainó la lluvia don Eugenio y los lanceros volvieron a salir y a ponerse en marcha. Por el camino pasaban galeras de seis o siete mulas con la cabeza baja.
Al anochecer comenzó a cambiar un poco el tiempo y el paisaje; se destacaron unas colinas peladas en el horizonte y poco después apareció la silueta de Alcalá.

Se despidió Aviraneta de los lanceros, se fué a una posada y, por la mañana, en compañía de otros dos soldados, y montado en un caballo nuevo, se puso en marcha.

Abandonaron Alcalá, cuyas iglesias de ladrillo, con sus torres puntiagudas de tejados plomizos, brillaron ante un rayo de sol pálido que salió entre nubes, y tomaron los tres el camino de Aragón.

Al mediodía comenzó a llover; comieron por la tarde en Guadalajara, y Aviraneta siguió el camino hasta Torija, en donde entró calado hasta los huesos.

- Es un buen comienzo de expedición - murmuraba entre dientes. Aviraneta se presentó en la casa donde estaba el Empecinado, y se le trajo, por orden del general, un jergón y una manta para aquella noche.

El empecinado se manifestaba furioso contra el gobierno y el ministro. Don Juan Martín había advertido desde Sigüenza que no tenía fuerzas bastantes para luchar con Bessieres, y el ministro, como si nada le importase que derrotaran al Empecinado, insistió en que atacase.

Entonces don Juan Martín, sin hacer caso de las órdenes del ministro, esquivando un encuentro que hubiese sido desastroso, se presentó en Torija a esperar refuerzos. Lo mismo había hecho el general Velasco en Aragón para no ser derrotado estúpidamente.

Al levantarse Aviraneta comenzó sus trabajos. No tenía el Empecinado arriba de cuatrocientos hombres. 

Estos se hallaban descalzos, faltos de camisa, devorados de parásitos: en una verdadera miseria.
El Empecinado había pedido efectos a Madrid, y los estaba esperando.

El 21 llegaron algunos milicianos de la corte y las partidas sueltas que iban a unirse con el Empecinado. Con estas tropas vinieron carros con ropas y municiones.
La gente del Empecinado mejoró pronto de aspecto.
Los soldados que enviaba Madrid no eran de toda confianza: abundaban los majos y manolos, los estudiantes calaveras y otros tipos maleantes, a los cuales no era fácil imponer con rapidez la disciplina necesaria.
Aviraneta y el Empecinado discutieron qué sería mejor, si mezclar los unos con los otros o formar compañias aparte.
Por fin se decidieron por esto último. Buscaban el que cada grupo tuviera responsabilidad clara en lo que hiciese...

Desgraciadamente, el tiempo estaba malo; la lluvia representaba mucha fatiga y molestia para soldados bisoños. No había alojamientos. Pasaron los del Empecinado y las partidas madrileñas un día en Torija mal que bien, y el 22 llegaron más compañías de los batallones de Trujillo, Cuenca, Mallorca, milicianos de Madrid y caballería de Calatrava.
En conjunto se habían reunido unos dos mil hombres y trescientos caballos. La fuerza era heterogénea y difícil de mandar. No se cabía en el pueblo.
Las ordenes del gobierno fueron confusas y contradictorias. El día 22, entre dos y tres de la mañana, se ordenó al Empecinado fuera a Guadalajara con sus tropas, adonde llegaron con una gran nevada. El día 24, a las cinco de la mañana, con un tiempo horrible de deshielo y de lluvia, se tomó el camino de Aldeanueva. Se descansó una hora y media en esta aldea y se siguió a Caspueñas recibiendo aguaceros. A las dos de la tarde se llegó recibiendo aguaceros. A las dos de la tarde se llegó delante del pueblo. Se dispuso que las guerrillas estuvieran a la vista de las tropas. Ya frente a Caspueñas
se recibió nueva orden de dejar este pueblo y avanzar hacia Brihuega, por el camino de herradura de Valdesaz, y esperar allí en los altos a O´Daly.

Seguía lloviendo de una manera terrible; el cielo, negruzco, amoratado, vomitaba agua a torrentes; toda la tropa estaba mojada hasta los huesos, y los soldados llevaban el fusil debajo del capote para conservarlo útil en un momento dado.
Al acercarse a Caspueñas el Empecinado se encontró con el pueblo ocupado por las fuerzas del cabecilla Ulman, en número de mil quinientos hombres. No se habían dado cuenta los facciosos de la llegada de las tropas del gobierno por la niebla y el mal tiempo.
 ¿Qué se iba a hacer?.

Don Juan Martin consultó con sus oficiales, y todos estuvieron de acuerdo en considerar imprudente el dejar un pueblo con tanta tropa enemiga a la espalda. Se decidió atacar.
El Empecinado hizo que sus fuerzas de infantería, en guerrillas muy abiertas, se acercaran a Caspueñas sin disparar. Se reunió en seguida un pequeño escuadrón de unos doscientos hombres con soldados del regimiento de Calatrava, nacionales de Madrid y patriotas oficiales de la guerra de la independencia, y se les dio orden de avanzar.

Se puso al frente el Empecinado y a su lado Aviraneta, y el escuadrón marchó al trote, acercándose al pueblo. Al llegar a él, don Juan Martín mandó cargar, y al galope se entró en la primera calle. Las guerrillas constitucionales comenzaron el fuego contra los realistas, que salieron a defender la entrada de la aldea. Algunos grupos quisieron detener la marcha del escuadrón; pero este, arrollando todo a su paso, acuchillando a derecha e izquierda hizo poner en fuga a los absolutistas, dejando en el campo treinta y seis muertos, y en poder del Empecinado, la música, los equipajes y noventa y siete prisioneros.

El mismo Ulman quedó herido y tuvo que huir a la desesperada con su gente.
Después de ocupado Caspueñas y de batir a los facciosos, se tomó el camino de herradura de Valdesaz, y de Valdesaz se dirigieron las tropas a Brihuega. Aquella jornada fue otra senda de martirio. La tarde estaba horrible; caía el agua a torrentes. El camino, lleno de barro, se ponía resbaladizo. El terreno era monte bajo, quemado para hacer carbón.

Obscureció en seguida y se siguió marchando hasta llegar sobre Brihuega a las nueve de la noche, sin haber descansado un momento.


Pio Baroja. Memorías de un hombre de acción. Con la pluma y el sable. Crónica de 1820 a 1823.



Bueno después de leer el fragmento del escrito de Baroja te daré algún apunte más para situarte en la escena, el tiempo, los personajes y los hechos que aquí se narran.
Primeramente el señor con gesto serio, bigotón y casaca militar es el héroe de la guerra de la independencia (1808-1814) Juan Martín, conocido por el sobrenombre del Empecinado nacido en Castrillo de Duero (Valladolid).
Tras pegarse de palos con los franceses y conseguir echarles del territorio español, la situación política no mejoró, y las disputas entre los partidarios de mantener los viejos valores absolutistas y los que defendían una mayor apertura de libertades estaban a la orden del día. De aquellos polvos estos lodos, y es que en este país siempre hemos andado a la gresca los unos con los otros y así nos ha ido.
Pues eso los que habían mandado toda la vida no les hacía mucha gracia eso de la constitución y esos derechos y libertades que algunos vitoreaban a los cuatro vientos, de tal forma que se las apañaron para echarse una mano unos monarcas a otros, así que repuesto Fernando VII este quiso que todo volviese al status quo anterior a la constitución de Cádiz y si te he visto no me acuerdo. El país se encontró en un momento en el que los liberales intentaban aplicar los cambios y llevar al monarca a su favor (trienio liberal 1820-1823). Pero el por convicción dijo que nones. 
Así el del bigotón volvió a echarse a los campos, a recorrer caminos y senderos de las castillas, esta vez no para luchar contra franceses si no para luchar por la creencia de que los españoles tenían el derecho a algo más que servir a Dios y al Rey. 

" Diga usted al rey que si no quería la constitución que no la hubiese jurado, que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos".

De nada sirvieron las victorias del Empecinado contra las tropas realistas pues todo volvió a dar la vuelta y el hombre de fuertes convicciones tuvo que exiliarse a Portugal, después el general en 1825 se intentaría acoger a una amnistía que no salió como él esperaba. No hubo benevolencia, ni perdón. Sus viejos enemigos se lo quitaron de en medio y fue ahorcado en la villa de Nava de Roa (Burgos).

La batalla que narra Pio Baroja se desarrolla a finales de Enero de 1823 donde las tropas Constitucionales logran parar los pies a las realistas asaltando la villa de Caspueñas para después batirse en Brihuega, en aquellos tiempos el protagonista de esta historia no se hubiera imaginado el terrible final que le esperaba tan solo dos años después.