martes, 15 de octubre de 2013

El Estanque


El Estanque

Un horizonte limpio de nubes se amarraba sobre la masa arbórea, entre un vasto manto de altas copas y arrugadas lianas. 
El sopor de la tarde caía a plomo jugueteando entre las sombras, allí cercano al devenir incansable del río centelleaba orgulloso un pequeño estanque.
Aquel diamante se mecía tranquilo al son que le marcaba el soplar del dios Eolo, aquel reino azul verdoso era el paraíso donde ejércitos de insectos asaltaban los macizos de orquídeas que poblaban sus riberas, a su vez contraatacaban sus ruidosas razias bellos pájaros de exóticos plumajes, que inundaban con su ardoroso eco la oscuridad de la foresta.
Momentáneamente se hizo el silencio, crudo y terrible, mensajero de futuros males o de la simple incertidumbre.
Los habitantes alados se batieron en retirada, desapareciendo del lugar, tan solo la legión de laboriosos insectos permaneció inmutable y siguió en sus rutinarios quehaceres.
En el claro apareció un muchacho de tez morena, vestía una túnica humilde cuya tela se pegaba sobre su piel sudorosa.
El chico se arrodilló junto al agua, balbuceó unas palabras para después sumergir manos y brazos en el cristalino elemento.
Tras saciar su sed quedó satisfecho y contempló extasiado el bello paraje.
Una cortina de luz bailaba entre telarañas, las ramas torcidas y los exquisitos matices de las flores salvajes.
El chico se sonrió, a pesar de no tener nada material en el mundo del que venía, allí junto al estanque se sentía como el hombre más rico sobre la tierra, bañado en el dorado influjo y mimado por el son del río se sentía completo y dichoso.


Diego Barquero. Azuqueca de Henares. Octubre del 2013.