jueves, 10 de mayo de 2012

El molino de Caspueñas (la leyenda del Rana y el Rata).


Había sido un mes de noviembre más cálido de lo acostumbrado en aquellas fechas, pero a partir de la última semana el tiempo cambió y el cielo del barranco fue cubriéndose de grises nubarrones que para los primeros días de diciembre se convirtieron en fuertes ventiscas y nieve.
El pueblo quedó enterrado bajo un frío manto que se extendió inmisericorde, tapando los sinuosos caminos de la vega y escondiendo los que subían monte arriba, como sí nunca antes hubieran existido.
Las pobres gentes se afanaban durante el día, en las pocas labores que la nieve les permitía hacer, y en cuanto la oscuridad del atardecer lo embargaba todo, desaparecían tras las puertas de sus casas para tratar de calentar su cuerpo y su espíritu en el fuego del hogar.
El hombre vestía desaliñadamente, con una manta harapienta sobre sus humildes ropas, medio encogido, se había sentado de espaldas a la puerta. La habitación casi en penumbra, apenas iluminada por un pequeño candil sobre la mesa y el crepitar del fuego de la chimenea.
Se secó con la manga de la camisa el oscuro caldo que le caía de la comisura de los labios para después volver a hundir la cuchara en el humeante cuenco, y sorbió del líquido tratando de calmar las punzadas del hambre con aquel caldo insípido.
Un silencio absoluto, tan profundo que hacia daño, roto de cuando en cuando por el ulular del viento del norte que golpeaba la puerta y la única ventana de aquella estancia.
El Rata, que por aquel nombre era conocido por sus vecinos, terminó la cena y recogió los enseres con estudiada parsimonia. Sumergió la cuchara y el cuenco en un barreño de zinc que había junto a la alacena, y se tanteó buscando algo de tabaco de liar para prepararse un cigarro antes de acostarse.
Una mueca de rabia, la bolsita estaba vacía, se notaba que hacía días que él que lo traía de Torija no bajaba con sus mulas a la villa , y se había quedado sin existencias.
Una idea se dibujó en su mente, se irguió entre el crujir de sus gastados huesos y se dirigió esperanzado, escaleras abajo, sosteniendo el candil por delante de él.
- Sí, podría ser. Se dijo a si mismo y a su propia sombra proyectada sobre las blanquecinas paredes del molino.
Abajo, buscó entre los pocos sacos de harina que quedaban, había visto alguna vez que uno de los mozos que trabajaba allí en verano escondía una taleguilla con tabaco en uno de esos rincones, bajo una de las losas. Alargó las manos bajo las sombras y sus dedos tocaron el frío suelo.
Respiró hondo, y exhaló el frío aire que llenaba sus pulmones, había cogido algo... Un escalofrío le sacudió la espalda, miró la gastada bolsa de tela y su contenido.
Golpearon fuertemente en la puerta, insistentemente, el hombre se incorporó molestó y guardó su preciado hallazgo en uno de los bolsillos de su gastada chaqueta.
- ¿Quien podía ser a aquellas horas?.
Recogió la luz y se deslizó de nuevo por los estropeados escalones hacia la habitación superior.
Otra vez sonaron los golpes en la puerta, más violentos aun. Con parsimonia el hombrecillo dejó la luz sobre la alacena y sacó algo metálico de uno de los cajones.
- ¡Ya voy!, ¡ya voy!. Gritó enfurecido el viejo.
Sus dedos descorrieron el pasador oxidado de la puerta y esta se abrió de par en par hacia la gélida noche, los pequeños ojos del Rata buscaron al molesto visitante. Pero... pero allí no había nadie.
El viejo se embozó la manta, y salió fuera, el frío y el viento susurraban entre las tejas del molino. Miró hacía la chopera, el camino enterrado bajo metros de nieve, el río tampoco se escuchaba un poco más allá. Inquieto, intentó ver algo en la negrura de la noche, ni estrellas ni luna, solo su delgada figura recortada sobre la blanca nieve iluminada desde atrás por la luz de la casa.
- Pero, lo he escuchado, no lo entiendo. Susurró el hombre inquieto, sus manos tantearon la empuñadura del cuchillo bajo la manta. No había ni una sola huella que se dirigiese hacia allí, el manto blanco estaba inmaculado.
Despacio y mirando asustado hacia las sombras se introdujo nuevamente en la casona, cerró de golpe la puerta y suspiró aliviado al asegurar nuevamente el pestillo.
Bastante alterado y nervioso se dirigió hacia un podrido mueblecito que había a un lado de la habitación, sacó una taza de latón y una botella de aguardiente. El cuerpo entero le temblaba, dejó sobre el mueble el gran cuchillo que había cogido antes, y bebió directamente de la botella un primer sorbo para después llenar la tacita con su contenido.
Sus pequeños ojos inyectados en sangre, se detuvieron sobre la silueta que se recortaba sobre la pared del fondo, titilaba la luz del candil. No pudo evitar que la botella cayera al suelo y se deshiciera en pedazos derramando el poco líquido que quedaba sobre el frío suelo.
Allí, mirándole fijamente a los ojos, como sí aquel hombre pretendiese calentarse en el fuego del rincón, sentado en la misma silla que él lo había estado instantes antes, estaba ÉL.
- No puede ser, no puede ser - gimoteó el Rata.
El hombre llevaba apenas una sucia camisa de lino, y un pantalón de paño, vestimentas no muy apropiadas para aquel tiempo.
Espantado el viejo retrocedió hasta hundirse en la pared, sus manos se crisparon, el corazón le iba a estallar. No podía apartar la vista de sus ojos, aquellos ojos que solo traían muerte.
- ¡No es posible Rana, yo te mate, yo te mate!. Gritó enloquecido el viejo agarrando el cuchillo que había dejado sobre la repisa.
Aquello no amedrentó al ser que le observaba desde su sitio, pétreo, con los ojos huecos y vacíos, la carne agrietada y gris, y una masa negruzca de sangre y lodo pegada al lado izquierdo de su camisa.
Un crujido, la boca del muerto se abrió en una mueca espantosa, emitiendo un sonido inteligible y desagradable, al tiempo que la habitación se impregnaba del olor de la putrefacción.
- He venido a cobrar lo que es mio.
Y acto seguido, tambaleante pero firme, se irguió del asiento y avanzó hacia el Rata que estaba fuera de sí y lloriqueaba como un niño. El arma se le  resbaló golpeando las baldosas con sonoro ruido metálico, el viejo sintió el miedo comiendoselo por dentro, como pudo descorrió nuevamente el cerrojo y abrió la puerta de la calle. Sin mirar atrás corrió el pobre diablo hundiéndose hasta las ingles en la nieve, se internó en la oscuridad en dirección a las lejanas luces de Caspueñas.
No se giró hacia el molino, allí en la entrada hubiera podido ver por última vez al Rana sonriendo, pues sabía que su venganza se había cumplido.
El viejo presa del más profundo terror, intentaba avanzar arrastras por la nieve, pero le costaba cada vez más ya que su cuerpo se hundía a cada paso. Brazeaba y pugnaba hacía delante, notando como la garganta le quemaba a cada respiración y como el pecho amenazaba con abrirse con un corazón enloquecido por completo.
Atravesó unas zarzas que flanqueaban el camino, sin preocuparse de dejarse en ella grandes jirones de la manta que aun aferraba con fuerza, unos metros más allá, no pudo más. El hombre trastabilló y cayó a plomo sobre la nieve, se giró y la negrura del cielo se dibujó en sus pupilas. Allí tendido sobre el gélido lecho, exhaló su último aliento, su cabeza solo pensaba en aquellos ojos. Sus dedos engarrotados buscaron en los bolsillos de la chaqueta, encontró un saquito de tela parduzca. Allí estaba el tabaco.
El hombre sonrió irónicamente, ya no le iba a hacer falta, buscó en el forro y tanteó hasta encontrar un fajo de billetes tan oscuros como la noche. Los acarició y los apretó contra el puño.
Allí estaba el dinero del Rana, el que le quitó aquella tarde de septiembre, lo que había propiciado su codicia y el arrebato que le hizo perder la razón y darle muerte. Le había enterrado no muy lejos del molino, en un lodazal custodiado por zarzales y al que nunca iba nadie.
Aferró el dinero contra sí y sintió mucho sueño, las punzadas en el corazón ya no le importaban.
Así se lo encontraron días después unas mujeres que habían salido por aquel camino olvidado. El cadáver sonreía aun, como un muñeco macabro olvidado en la cuneta, a medio enterrar por la nieve, rígido como un palo. Lo que les costó abrirle la mano para que soltase los billetes que llevaba pegados a ella.
Las mujeres hablaron en voz baja, se persignaron, y decidieron que el dinero le haría mejor a los vivos que a los muertos, se lo guardaron y decieron no decir nada a nadie.
Por otro lado, el cuerpo de el Rana no se encontró hasta dos años después en que un vecino del lugar que fue a cobrar una pieza de caza descubrió los corrompidos restos asomando entre el barro y los árbustos. Alguien reconoció ante la guardia civil que aquellas ropas eran las que llevaba el desaparecido hombre el último día que se le vió por el pueblo. Allí se cerró esa historia, no se investigó mucho más, sobre quien le había asesinado y enterrado al pobre desgraciado en aquel apartado lugar, por lo que nunca se relacionó a el Rata como el causante de aquella muerte.


Diego Barquero en Azuqueca de Henares, Mayo de 2012.

Me declaró culpable de los desvarios aquí escritos y descritos, el grabado que acompaña al relato es una de las pinturas negras del conocido pintor Francisco de Goya. El título no puede venir más al pelo "Tristes presentimientos de lo que va a acontecer".
Relato puramente ficticio.