jueves, 21 de noviembre de 2013

A la deriva.



A la deriva.


Arraigado como un tubérculo en aquellas maltrechas tablas, entreveía flotando ante mí la pétrea mirada del león de San Marcos, luego se quebraba en una polvorienta agonía hasta convertirse en nada.

     Los labios agrietados pedían su dosis de droga pero aquí estaba la ironía que otros antes ya habían sufrido, moriría de sed rodeado de tanta agua.
Luego estaba la otra tortura, no se en que momento vino pero llegó para quedarse... Aquel postre italiano que ya no volvería a paladear, fantaseaba con un café bien cargado y una ración de las que servía la signora Antonia en su tugurio del Veneto.
El Tiramisú se convirtió en el cartílago que aun sustentaba mi cordura, pero en realidad era tan frágil como las maromas que sujetaban los maderos que separaban mi cuerpo de la muerte.
     Cinco largos días, cinco largas noches.
     El Nostromo se había ido a pique con recato y disimulo, no nos sorprendió tormenta alguna con  la que justificar el incidente, un cínico BOUM en las bodegas y todo se convirtió en confusión y caos.
      Estoy solo, no he visto a ningún otro superviviente, sin esperanzas pronto yo también sucumbiré al infortunio.
      Cinco eternas noches con el frío mimo de las estrellas y el arrumaco de las olas.
     Cinco días infinitos con su ardiente puño y el mareante vapuleo del océano, que de Pacífico solo tenía el maldito nombre.

    La fiebre se sumó a la sed y al apetito adhiriéndose a mi ser como una segunda piel, las fantasías y evocaciones iban y venían presentándose como dioses y diablos, familiares y conocidos en un patético show que siempre terminaba en pantagruélicos festines. Y por encima de todo ello aquel postre que había probado hacía años en Italia.
     El sexto día estaba tan debilitado que ya no era capaz de incorporarme de aquella tumba de tablas, aquel escenario acuático movía aquellos restos con aburrimiento y desdén.


- ¿ Una mala noche?.
     Mis ojos se apartaron del torbellino que causaba la cucharilla en la taza de café y los posé en la mujer que intentaba hablar castellano con su fuerte acento.
- No, no es nada... Podría traerme un pedazo de dulce, ese que le sale tan bien.
- ¡ Prego !. Sonrió la signora desapareciendo tras la barra.


Diego Barquero. Noviembre del 2013.