miércoles, 16 de enero de 2013

Año XIII


AÑO
XIII

El tiempo es una conversación recurrente, suele servir para anestesiar los incómodos silencios de ascensor y de todos esos momentos en los que la vida nos ofrece un interlocutor con el que tenemos poca, o ninguna relación. Ese parloteo automático, con frases recurrentes y prácticamente escupidas sin pensar mucho en ellas.
- Parece que hace fresco. 
- Falta hace que llueva.
- Como aprieta el Lorenzo.
Y una larga retahíla que me abstendré de enumerar aquí para descanso de mi hipotético lector.
No le tengo mucha estima ni al otoño ni a su malcarado hermano el invierno, prefiero el sopor de las largas tardes de verano y tumbarme a la sombra con mis sudores y mis ensoñaciones. Y por supuesto soy ferviente admirador de la señorita primavera y su pomposa y atractiva indumentaria.
De esta manera no es de extrañar que me tome la licencia de engalanar la figura del pétreo monarca como el que alzado sobre nuestro mundo proyecta su terrible sombra sobre nosotros los pobres mortales.
Este invierno que ha empezado a dar sus torpes pasos, puede que no sea tan frío como otros anteriores, tal vez sí lo sea, que más da. 
Su huella gélida va más allá de la meteorología, de los factores ambientales. Su garra atenaza las esperanzas de mucha gente, de aquellos que poco a poco van viendo como se desmorona todo su mundo y  sus creencias.
El rey invierno como buen déspota y enorme tirano no tendrá piedad pues desconoce tales términos. 
Nuestra sociedad se encuentra a sus pies, humillada y encadenada a su caprichosa voluntad y a la de sus secuaces.
Lugartenientes ávidos de poder y riqueza cimentados sobre lo robado a los débiles, seres sin alma que retozan sin reparar en los lloros, los gritos, la ira, la injusticia, los insultos, la desdicha, la tristeza, la desgracia...
Pues no son dioses benefactores, no son santos, sus intenciones son buenas pero... son buenas solo consigo mismo y con su status quo, con la enfermedad que les corroe por dentro y que se apoderó de nuestros ancestros hace ya tanto tiempo.
El becerro de oro, el vil metal, la posición, el poder, las castas, la supremacía son su modus vivendi y su forma de sentir y de vivir. De esa manera a estos superhombres se la trae floja lo que piensen o lagrimeen sus víctimas pues para ellos tan solo son fichas en un tablero.
El campo de batalla, el tablero bursatil triunfal sobre las ruinas de los países con los gobiernos hundidos o sometidos a hombres de confianza del Rey invierno.
El ejercito del estado del bienestar destruido y en fuga, desorientado y cayendo bajo el fuego enemigo, hundido y desmoralizado sin poder hacer nada por las bajas civiles cada vez más numerosas.
Como Imperator no tendrá piedad de los vencidos pues forman parte de su obra, pasaran a ser nuevas piezas en el juego, piezas más baratas esclavizadas a un trabajo poco remunerado y con el miedo de quedarse sin él.
Generación tras generación con unos valores inculcados en una disciplina clara, trabajar para consumir, consumir y trabajar, consumir para ser feliz, la búsqueda de la felicidad en la alineación.
El botín del rey y de los suyos irá en aumento mientras el empobrecimiento de los vencidos será cada vez mayor, mientras el mundo naufraga desapareciendo las antiguas fronteras y unificándose territorios bajo la férrea supervisión de la estirpe invernal.
Malos tiempos sin duda alguna, lo que en tantas ocasiones intentaron otros lo ha conseguido este ejercito fantasma, estos líderes en la sombra que tienen al mundo en sus manos pisoteando con sus relucientes zapatos las apolilladas alfombras de las democracias que vivieron tiempos mejores.

El grajo vuela bajo, será un mal presagio...