jueves, 20 de octubre de 2011

Bajo el cielo.



A veces, muy de cuando en cuando, no tanto como a uno le gustaría me dejo llevar valle abajo y como el Ungria sigo el serpenteante camino y atrás quedan las casas y el pueblo de Caspueñas. La bici se lleva fácil pues la senda es agradecida y en la mayor parte de su trazado discurre en una leve inclinación hacia abajo, el valle se estrecha, más allá se ensancha, se vuelve a hacer más pequeño entre monte bajo y viejos peñascos. Siembras regadas por el río manchan de colores el paisaje y según la época del año se pintan en tonos verdes o dorados. Silencio, no se escucha nada, bajo un cielo limpio el paisaje se hace fuerte y no conoce la construcción del hombre salvo algún molino reformado y más adelante casi llegando al final, un racimo de casas ancladas en un montecillo. Ese es uno de los muchos lugares que ofrecen estas tierras como escape al ajetreo cotidiano de los que vivimos o trabajamos en Madrid o alrededores, los ratones de ciudad a veces escapamos y buscamos cobijo en la madre natura, buscamos su protección contra toda esa garra artificial que nos atrapa. Y es que a veces es bueno sentirse solo en ese entorno, mostrarse humilde y empequeñecido ante la obra de Gaia y disfrutar de ella, pues en nuestro afán, en esa velocidad por hacer todo tan deprisa la estamos matando y nos estamos muriendo con ella.


La foto, es de un día de julio, no he cogido las hermosas vistas que se ven desde el monasterio de Lupiana, por cierto este es el pueblo en el que finalizan mis escapadas ciclistas. Solo he querido captar ese abrazo entre los enormes árboles camino del viejo santuario y el brillante techo del verano.