miércoles, 15 de agosto de 2012

La increible historia de Hipólito "el hombre pájaro". V



V

¿Se puede un alma hundir más en las tinieblas?, ¿o sentir que se ha muerto por dentro?. Caí al fondo de un pozo oscuro, perdí las ganas de vivir por todo lo sucedido, aunque todavía no sabía que el último golpe estaba aun por llegar. 
El día siguiente al entierro de Elisa, busqué un café tranquilo donde engañar al estómago, por qué el apetito también me había abandonado y más bien buscaba escapar un rato de casa.
Allí sentado en un rincón, atrajo mi atención un periódico abandonado en la mesa contigua, aparté cuanto descansaba sobre la mía y me hice con el diario. Lo extendí alarmado delante mia, en negrita se detallaba el entierro de mi prometida, después en letras destacadas otro titular de última hora, anunciaba tétricas nuevas:

MANCILLADA LA DIFUNTA

Escalofriante hallazgo...
El ataúd había sido desenterrado y el cadáver de la joven había desaparecido.
La policía no ha querido desvelar si hay pistas sobre quien ha podido realizar un acto tan macabro como impactante...
Todo ello se une al dolor de la familia Svoboda, este hecho reprobable ...

- ¡Dios mio!. Aparté aquel montón de papeles, aun más roto, sin fuerza alguna y maldiciendo todo aquello, me veía como un guiñapo en manos del destino, o de algún dios cruel que se estaba divirtiendo a mi costa.


     Me miré en el gran espejo de la habitación, sonreí a la estúpida y muy cambiada figura que se reflejaba en su superficie.
Eché otro trago, y volví a mirar, señalé a mi imagen para después darle la espalda y tumbarme sobre la cama.
La bandeja con restos de comida cayó sobre la alfombra, pero poco me importaba todo aquello, seguí con la atención puesta sobre la botella de ginebra, para después intentar levantarme y buscar una entera, miré de reojo hacia la mesita de noche.
Sobre esta descansaba, seria y cruel mi pistola, parte de la herencia de mi padre.
Aparté la mirada, decidí que no era el momento, todavía no estaba totalmente anestesiado. Crucé como una sombra el pasillo, llegué al salón tropezando con todo lo que encontraba a mi paso.
La casa estaba tan fría, en penumbra. Fuera el invierno toqueteaba los cristales de los ventanales con clara intención de entrar. Paré en seco, el estado en que estaba remitió por un instante, guiñé los ojos tratando de mejorar mi visión.
Y es que una figura se erigía junto a la puerta de entrada, retrocedí despacio, tanteé una mesita auxiliar donde encontré la caja de cerillas, rasgué uno de los fósforos y su llama iluminó momentáneamente la estancia.
Segundos, la luz dibujó su blanquecino rostro, llevaba puesto el mismo vestido blanco con el que había sido amortajada.
Era igual que en aquel sueño, pero aquello era muy real...
Me sonreía, pero no decía nada, la gasa de su vestido parecía flotar en el aire, clavaba sus ojos en mi. Entonces abrió su horrible boca.
La cerilla cayó, reaccioné asustado al ser absorbido por las tinieblas. Encendí otra y la levanté buscando la posición de aquel ser que en vida fue mi amada.
Sombras, oscuridad, no había nada ni nadie. 
Con los nervios apretando mis pulsaciones retorné a mi habitación, la ventana estaba abierta de par en par.

     Aquella pesadilla ya fuese real o solo un mal sueño, me hizo tomar la decisión, el ansia de encontrar al hombre causante de tanto mal y mandarlo al infierno. De esa manera, pasé los días frecuentando los peores tugurios de la ciudad e indagando entre los turcos que residían en Praga. Buscaba desesperado, aunque fuese una pequeña pista que me llevase hasta Pamuk, pero todo resultaba en vano. Y en algunos casos noté el miedo en sus ojos, y una palabra: Upir!. 1
     Una noche siguiendo a dos turcos que trabajaban en el matadero, me vi adentrándome en una parte de la ciudad que no conocía. A orillas del río, entre un laberinto de calles estrechas fuimos a parar ante una puerta de madera roja, con adornos en metal ennegrecidos por el abandono.
Desde mi escondite vi a aquellos individuos que la golpearon dos veces, y tras una larga pausa salió por ella un tipo enorme, vestido de forma elegante que después de hablar con ellos un rato les dejó pasar.
De dentro escaparon risas, cánticos y el murmullo de la gente en lo que nunca hubiera imaginado que fuese un bar.
Allí donde fueres haz lo que vieres, solía decir mi madre, y así lo hice. 
Golpeé dos veces la puerta, tras lo cual el gorila que la custodiaba salió hacia la fría noche y me examinó de los pies a la cabeza. Lanzó un bufido y pasé el examen pues con un gesto me indicó que pasara.
Hacia calor allí dentro, el recibidor pequeño, una silla en un rincón  para a continuación pasar a una estancia iluminada por faroles de ornamentación árabe.
La gente se sentaba alrededor de mesas redondas donde se veía a algunos fumando en pipas de agua, otros apoltronados en divanes, algunos sobre cojines y alfombras... Gruesos cortinajes tapaban las paredes de toda la habitación, y la luz jugueteaba con las sombras manteniendo en parte cierta intimidad para los clientes del sitio.
Elegí un lugar desde donde podía ver a todos los parroquianos del pequeño Estambul que tenía ante mis ojos, al tiempo se acercó un camarero y le ordené me sirviese un té, después me puse en la labor y analice uno a uno a cuantos me rodeaban.
A los que no acerté a ver era a las dos bestias que me habían llevado a aquel exótico lugar.
El camarero trajo la tetera y un pequeño vaso de cristal, aproveché para preguntar.
- Disculpe, estoy buscando a Isoef Pamuk, ¿le conoce?.
La tetera fue a dar contra el suelo, el desdichado se agachó a recoger los restos del desastre, se giró y dijo en voz baja:
- No, no. Tras lo cual y muy nervioso se irguió y con rapidez se alejó de mi.
El incidente no había pasado inadvertido en las mesas más próximas, y claro este tuvo sus consecuencias.
Uno a cada lado, los dos hombres a los que había seguido se sentaron a mi mesa.
- ¡Debe marcharse ahora!. Advirtió el más mayor de los dos con un fuerte acento.
- Por casualidad no sabrán donde puedo encontrar a Iosef Pamuk.
- Calla maldito. Señaló el otro con rabia. Tenía un cuchillo en la mano y me lo había puesto cerca de los riñones.
Me levantaron del asiento y me sacaron de la sala, sonrientes y guardando las apariencias, el que llevaba el arma de vez en cuando me la acercaba para que notase su frío aliento pegado a mi piel.

     Me empujaron sin miramientos, a punto estuve de caer de bruces, me revolví furioso aunque sabía que de momento tenía pocas posibilidades contra aquellos matones. Y por otro lado, tenía la impresión de que estaba cerca de mi objetivo.
No había reparado que allí, oculto por la sombra del mismo edifico, en aquel sucio callejón, había otra persona observándolo todo.
- Bueno, finalmente creo que el juego toca a su fin. Felicidades Hipólito me has encontrado antes de lo que esperaba.
El desconocido dio unos cuantos pasos hacia mi, mientras el del cuchillo y el otro esbirro se ponían a su lado.
- ¿Es usted Iosef Pamuk?. Escupí aquellas palabras con indignación y rabia, degustando  el sabor de la venganza.
- El mismo, ese soy yo. Dijo con sorna el repugnante hombre.
- Maldito seas mil veces, no se en que has convertido a mi querida niña, no se lo que eres... Pero sí puedo asegurarte que te mandaré al infierno.
Sus blancos dientes destellaron como contestación, esa diabólica sonrisa destacaba en aquella atmósfera y me ponía los pelos de punta.
- ¿Me lo llevo por delante?. Preguntó el perro que sujetaba el puñal.
Pamuk le hizo un ademán y se pusieron detrás suya, ¿que me tenía preparado aquel diablo?. El turco entonces dio otros dos pasos hacia delante y pude verle por fin el rostro.
Tenía dos ojos pequeños y listos que me traspasaban, nariz picuda y unos labios pequeños y rojizos. La piel oscura, morena a juego con el largo y liso cabello que llevaba hacia atrás y llegaba hasta el cuello.
- No parezco un vampiro, ¿verdad?.
- Muerto o no muerto, ser del infierno o no, lo comprobaré ahora mismo.
Saqué el revolver y lo amartillé, apunté a la cabeza y me preparé para apretar el gatillo.
Esos instantes en que todo se detiene, en que incluso los latidos del corazón se toman un descanso, los matones retrocedieron con la cara desencajada. La de aquel despreciable siguió impasible, no movió un músculo.
El gatillo cedió, lo apreté con todas mis ganas, pero un irrisorio CLICK se perdió en el silencio de la noche. El pánico me agarrotó , repetí la operación, y nada, el mismo resultado.
El corazón volaba, noté como un gélido sudor me agarraba por la nuca, cruel y sin piedad.
- No iba a permitir que hicieses ninguna tontería. Advirtió el turco con satisfacción.
- ¿Pero como...?.
- Quitando las balas, la otra noche cuando ibas borracho como una cuba. Simplemente eso. Ahora vas a escuchar viejo amigo.
Pamuk se agarró entonces del cabello y tiró hacia atrás, revelando su verdadero cabello corto y rubio, después repitió la operación con el fino bigote, y por último abrió la boca de par en par y se arrancó la dentadura de pega que llevaba sobrepuesta a la propia.
- ¿Fabricio? - No entendía nada, allí delante acababa de presenciar como el asesino de mi amada se convertía en uno de mis mejores amigos - . ¿Como es posible?.
Los matones se giraron sin decir nada, abrieron la puerta del callejón y desaparecieron por ella.
- Sí soy yo, no nos veíamos desde hace unos cuantos meses, desde que te presenté a tu querida Elisa en aquel baile de primavera, bueno eso no es del todo cierto...
Querido Hipólito, ha llegado el momento de terminar con todo esto, un juego que dura semanas y en el que tu has sido la víctima. Pero para que entiendas todo, y le encuentres sentido, he de remontarme a hace unos cinco años.
- ¿Te has vuelto loco, de que estás hablando?.
- Te pido que te calmes, pues en un momento todo quedará aclarado. Te ruego que recuerdes a una persona, alguien especial a quien seduciste y cuando te cansaste de ella la abandonaste. Aquella joven se llamaba Eloise, era buena, amable, bella y excesivamente crédula de tus intenciones.
No la diste cabida en tu querer, ni en tu disoluta vida, la destrozaste y la mandantes a un terrible tormento, a una miseria abonada por tu desdén.
Sabes, estuvo a punto de morir por tu culpa, yo conocí a aquella flor en ese estado. ¡Maldito seas Hipólito por todo ese dolor que provocaste!.
El tiempo nos unió, aprendí a amarla y protegerla y ella al final se olvidó de ti y nos casamos.
Pero... La semilla que dejaste en ella nunca murió del todo, eso sí, se transformó en un odio visceral hacia tu persona, alimentado por tus acciones y por todo lo que te rodeaba. Llegaban a sus oídos tus nuevas conquistas y abandonos, y tu inmisericordia en los negocios.
Eloise alcanzó sus sueños, se convirtió en una gran actriz que ha obtenido gran reconocimiento por todos los teatros de Europa. A pesar de todo, de nuestro amor, de la fama y de la posición alcanzada no fueron suficientes para matar aquel odio.
La gota que colmó el vaso fue el año pasado, sería Febrero, se enteró de que habías despedido sin ningún motivo a una empleada embarazada de tu negocio. Me rogó que la ayudase y se propuso mostrarte que es el amor, para después arrebatártelo sin compasión, quería hacerte sufrir lo mismo que hacías con tus enamoradas.
Entonces ella se convirtió en Elisa, por primera vez en la vida, te vimos enamorado y aquella flor que tu pisoteaste en una ocasión se vengó clavándote sus espinas.
Sin duda ha sido el mejor papel de la gran Eloise, se tiñó los cabellos y el paso de los años y tu escasa memoria para con las mujeres hicieron el resto.
¿Quien iba a decir que alguien tan pragmático llegaría a creer en vampiros?. Tu que te jactabas de no beber, has caído en las duras garras del alcohol. Es todo tan extraño, ¿verdad?.
Al final ha sido el amor el que te convirtió en mejor persona, pues desde que fallecieron tus padres, no has hecho mucho por los demás si no fallarles.
Elisa no murió amigo mio ;su padre el señor Svoboda y su madre son figurantes en la obra sobre Macbeth que se estrena la semana próxima en París; el inspector de policía; la comitiva fúnebre; la noticia del periódico todo ha sido un costoso y gran montaje promovido por nosotros.
Toda esta farsa se cernió sobre ti, y este es el fin del camino.
Eloise me pidió que me despidiera por ella, con un simple adiós. Por mi parte, alguna vez te quise como un amigo, luego vi como te convertías en un miserable que se aprovechaba de los demás y me diste asco. Ahora me das lástima, solo espero que después de tanto dolor veas el sentido correcto de tu vida.
Deja de provocar dolor a todos los que te rodean, a los que te aprecian, a los que dependen de ti. Antes de que la vida te devuelva lo que siembres.
Adiós, Hipólito Rhamel, espero que seas feliz.




1 - Upir - Vámpiro en turco.